
Cerré la puerta con suavidad… Tomé su mano y salimos corriendo hacia su casa.
Sus hermanos estaban fuera de la casa, comenzaron a tirar fuegos artificiales, todos reían alegremente, podía ver la felicidad en sus rostros. Sus padres estaban afuera, cada uno con una copa de champaña. Sus hermanas menores abrían sus regalos, se veían realmente felices.
Nos acercamos a la puerta, y sus padres clavaron su mirada sobre mis ojos.
- ¡Feliz año nuevo Señor y Señora Jackson! – sonreí
- Igualmente pequeña – ambos sonrieron
- Ven – entramos a su casa
Era una casa pequeña, sin embargo, muy linda y ordenada. Había adornos festivos por doquier. Campanillas, luces, guirnaldas, entre otros.
Nos dirigimos con lentitud a su cuarto, al llegar… se dirigió a su ropero.
- Espero que te guste – dijo sacando… algo de su closet
- Conociéndote estoy segura de que me encantará – murmuré
- Ten – me entregó un osito de peluche – Feliz año nuevo Madie
Observé al osito de peluche. Era de color blanco, con una cinta roja en su cuello. Observé a Michael, quien sonreía dulcemente.
- Gracias – lo abracé – Feliz año nuevo Michael – dije suavemente
Me separé y sonreí. Observé sus profundos ojos, esa perfecta sonrisa que a mí me hacía temblar. Todo de él, era… tan perfecto…
- Te daré el tuyo
- No Madie, no es necesario – dijo él
- Si, lo tengo en casa, ven
Corrimos nuevamente hacia mi casa. La noche estaba increíblemente perfecta, a pesar de la nieve, no se sentía el frío de manera exagerada, el amor, la felicidad, la esperanza y la fe de un nuevo año, rondaba por el vecindario. Abrí la puerta, y sonreí al ver como todos estaban locos bailando, comiendo dulces y abriendo sus regalos.
Mi madre apareció por allí.
- Michael – sonrió – Feliz Año Nuevo
- Feliz año nuevo para usted también señorita Freud – besó su mejilla
Me acerqué al árbol de navidad, y busqué su regalo. Tomé la pequeña caja de color negro que decía el nombre de Michael.
- Ten – le entregué la pequeña caja – Feliz año nuevo Michael – besé su mejilla
- ¡Oh! Veamos que hay adentro – dijo impaciente
Sonriendo abrió la caja… era un pequeño anillo de color plateado con su nombre grabado.
- Michael – dijo él leyendo la escritura – Es hermoso, lo llevaré siempre puesto
Sus ojos oscuros y profundos se dirigieron a los míos. Me tomó de la cintura y me abrazó fuertemente.
- Gracias por ser esa amiga que nunca me faltó. Te quiero – dijo dulcemente
Me estremecí
Su voz me hacía temblar, con tan solo sentir el roce de su piel bastaba para que mi sangre se congelara… Sentir su perfume me ponía nerviosa… él… era quien tenía mi corazón.
- Igual te quiero – dije sonriendo
Los días comenzaron a pasar, la nieve ya se había ido. La noche estaba sobre Gary, el viento corría delicadamente, las estrellas bailaban alrededor de la luna… Me encontraba sentada con mi tazón de cereales y mis crayones sobre aquella silla junto a la mesa del comedor. Mi madre preparaba mi cena, mientras una suave melodía sonaba por toda mi casa.
Oí como alguien llamaba a la puerta.
- Cariño ¿Abres la puerta? – dijo mi madre
- Claro, yo voy – me dirigí a la misma - ¡Michael!
- Hola Madeleine – dijo sonriendo
- ¿Qué te trae por aquí? – pregunté
- Todavía no es muy tarde y quería saber si quieres ir a columpiarte conmigo – sonrió
- Claro, espera, le preguntare a mamá
- De acuerdo
Me dirigí a la cocina con cautela, coloqué mis manos en mi espalda, y caminé en un ritmo inocente. Me acerqué a mi madre y sonreí.
- ¿Mami?
- ¿Si?
- ¿Puedo ir a columpiarme con Michael? – sonreí inocentemente
- De acuerdo, pero no vengas tarde
- Claro Mami, adiós
En una lenta caminata y entre charla y charla nos acercamos a dos columpios que se ubicaban en una plaza. Corrimos como dos pequeños niños… bueno, eso éramos.
Michael era un lindo muchacho, un niño de 10 años. De piel morena, cabello afro, era un muy buen amigo.
Mi amor por el siempre lo mantuve en secreto, siempre intenté callar aquello. Su sentido del humor me hacía sentir feliz, sus abrazos me hacían sentir contenida, su risa me hacía sentir acompañada. Era la persona perfecta para pasar los días, era la persona que nunca me dejaría sola, sin importar cuánto diluvio caiga, sin importar cuán grande sea la tormenta de nieve, sin importar los problemas, sin nada importarle, estaríamos juntos.
- Cuanto a que te gano de altura
- ¿Oh si? No lo creo – reí
- Bueno, veamos
Ambos comenzamos a tomar mucha más velocidad. Una vez que ambos estuvimos a una considerable altura, Michael dio paso a un reto.
- Te reto a saltar – sonrió
- Michael estás loco, es muy alto – dije nerviosa
- Bueno, si tienes miedo – suspiró
- No tengo miedo – dije orgullosa
- Ok, entonces hagámoslo.
- De acuerdo – dije competitiva
Sin pensarlo, cerré mis ojos y me tiré del columpio, caí algo atontada sobre mis dos piernas, pero parada al fin. Al ver que nada negativo pasó, sonreí y volteé para observar a Michael, sin embargo, aquel columpio estaba vacío.
- ¿Michael? - pregunté
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