Sonreímos cuando debemos disimular una lágrima, hablamos falsamente cuando debemos disimular un momento de incomodidad. Pero… ¿Cómo debemos actuar cuando debemos disimular que amamos a alguien? ¿Dejar de hablarle a aquella persona? ¿Escondernos? ¿Ser groseros?
Según muchos el amor no existe, según otros, el amor es la razón de la vida. Según muchos la gente joven de 8, 9 o 10 años no puede amar, ya que supuestamente no sabe lo que es el amor. Según pocos, para el amor no hay edad.
Según aquel genio… lo esencial es invisible a los ojos. Para que alguien te ame… ¿Debes ser adinerado? ¿Debes ser delgado? ¿Debes ser bello facialmente? ¿Debes ser famoso? ¿Debes tener 30 años? ¿Debes ser de cabello rubio y piel blanca?
Acaso… ¿Un hombre de poca fortuna, no puede ser amado? ¿Una mujer con sobrepeso, no puede ser amada? ¿Un adolecente con acné, no puede ser amado? ¿Un hombre común y corriente, no puede ser amado? ¿Un niño pequeño de solo 10 años, no puede ser amado? ¿Una mujer africana, de cabello rizado oscuro y piel color café, no puede ser amada?
Dos niños amándose mutuamente en silencio, el poder del destino los aleja, pero ¿Por qué contarles?
Vivan esta historia…
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La noche comenzaba a asomarse, oía como las campanas sonaban, oía a la gente feliz. El espíritu del año nuevo comenzaba a entrar en el cuerpo de cada persona que habitaba el lugar. La nieve caía con delicadeza, mi familia había llegado de Alemania, y ya comenzaban a sentir la emoción de la noche. Las estrellas estaban presentes, sin embargo, aquellas nubes cargadas de copos de nieve impedían que las mismas pudieran lucirse.
La radiante luz de luna, podía percibirse a través de los grandes mantones de nubes. La noche era perfecta…
Me encontraba en la mi alcoba, frente aquel espejo. Me coloqué mi vestido color rosa, mis cancanes blancos, y mis botitas. Coloqué aquella hebilla de mariposa azul sobre mi cabello. Rocié un poco de perfume sobre mi cuello y bajé las escaleras.
Al final de ellas me esperaba mi tía Farah.
- ¡Madie! – sonrió
- ¡Tía! – me lancé sobre sus brazos
- Pero mira que linda estas – sonrió
- Gracias – reí
- Tengo tu regalo de navidad anticipado
- Quiero verlo – dije impaciente
- Bien, ven conmigo
Nos dirigimos al gran árbol de Navidad que estaba en mi hogar, él mismo, era enorme, brillaba con intensidad, sus adornos eran incontables e increíblemente bellos, y se diferenciaban notablemente unos de otros.
Debajo de él, estaban los regalos, que mi madre, tíos y tías colocaban solo por “Sentir más el espíritu navideño”, ya que yo no creía en Santa Claus.
Nos sentamos frente a él, observé todos los regalos, unos con envolturas brillantes de color azul, rojo, verde, violeta. Otros envueltos con un papel simple y liso, sin embargo, un hermoso listón de seda sobre ellos. Mi tía saco de entre los grandes paquetes una pequeña caja de color plateado.
- Bien, feliz navidad – besó mi frente
- Gracias tía, igualmente – sonreí
Tomé la caja y la abrí. En su interior contenía una cadenilla con mi nombre “Madeleine”
La tomé entre mis manos, y sonreí… era hermosa.
- ¡Wow! ¡Es hermosa! – Reí – Gracias tía
- De nada pequeña
La cena estaba lista, pavo asado, enrollado, lasaña, entre otros manjares… me sentía contenta, ya que navidad era una de mis fechas preferidas, amaba esas épocas, la nieve, los regalos, los bailes, los dulces, los fuegos artificiales, las luces, el amor, la ansiedad, la felicidad, era sin duda, la mejor época del año. La nieve caía, el frío se sentía, el espíritu navideño corría de aquí hacia allá. Podía sentirse el aroma a navidad, esa mezcla de amor, con esperanza y sorpresas.
Las manecillas del reloj apuntaban las 11:59. Tomé mi copa con jugo y la alcé.
- Mami, la cuenta regresiva
Todos rápidamente llenaron sus copas con champaña, para luego alzarlas.
- Diez… nueve… ocho… siete…. Seis…. Cinco… cuatro… tres… dos… - sonrió - ¡Feliz Año nuevo!
Sonreí y besé su mejilla. Choqué mi copa con la suya, y luego con la de mis tíos. Notaba la felicidad de cada uno en sus rostros. Las copas chocaban unas a otras, algunas derramaban champaña, algunas más que otras, pero no era de importancia. Oí como los fuegos artificiales comenzaban a hacer su trabajo. Emocionar a la gente, retumbar los vidrios de los hogares, hacer que la gente salga de su casa para contemplarlos, hacer saltar a la gente del susto, o simplemente, sacar sonrisas.
Todo lo que había pasado momentos atrás formaba parte de mi pasado. Todo el dolor, todas las pérdidas, las tristezas, todo lo malo y lo bueno… quedaría en un solo recuerdo… en mi memoria.
Me dirigí al árbol de navidad, busqué el regalo de mi madre para entregárselo. Al encontrarlo, lo tomé entre mis manos y lo acerqué a ella.
- Feliz navidad mami – sonreí
- ¡Oh! Gracias mi pequeña – besó mi mejilla
Oí que tocaron la puerta, me acerqué con lentitud y la abrí.
- ¡Feliz año nuevo Madie! – dijo él
- ¡Michael! – Lo abracé - ¡Feliz año nuevo! – sonreí
- ¡Ven conmigo! Tengo que darte tu regalo – musitó alegremente

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