La angustia, la oscuridad, la intriga y la nostalgia eran quienes se acomodaban en el alto cielo de aquella noche en Boston. Suaves gotas de cristal caían de aquella manta, la ciudad estaba húmeda y movida.
Las luces de los autos, se reflejaban en los cristales de aquellos ventanales. Ella se hundía en aquel sueño, hasta volver a la realidad.
- ¡Jennifer! – grito su madre
Ella entreabrió sus ojos, en el marco de la puerta, distinguió la notable silueta de su madre. Una mujer pequeña y delgada, cabello enrulado, negro y largo hasta las caderas.
- ¿Qué sucede? – dijo ella entre dormida
- Max esta afuera esperándote – murmuró sumisa
- Entiendo, dile que pase y que me espere – murmuró Jennifer
- De acuerdo – dijo su madre sin más
Ella aún con el sueño pesado, palpó el interruptor hasta al fin encender la luz. Alisó su oscuro cabello color negro con su mano, y salió de su cama. Se dirigió al baño, se preparó y bajó al living, bajó las escaleras con suma torpeza, la luz aún se hacía una molestia para sus ojos. Al verla, su novio Max, esbozó una sonrisa y se acercó a ella.
- Buenas noches Jen – sonrió elegante
- Hola Max
Ella enterró con docilidad sus dedos en el cabello marrón del muchacho, se acercó lentamente, para así, unir sus labios en un dulce beso.
- ¿Qué hora es? – preguntó ella perdida
- Son las 9:30 – respondió él con una dulce sonrisa – Quería saber si querías cenar conmigo
- Claro – dijo ella sin problemas
- Afuera – prosiguió
- Esta lloviendo, y estoy fea – dijo algo apenada
- Estas hermosa así – la besó suavemente
- Si quieres, me arreglo, y vamos
- Es tu decisión, te espero si quieres
- Claro, enseguida regreso.
- De acuerdo - sonrió
Max era un muchacho alto, de cabello marrón pardo, ojos verde agua claros, profundos, perfectos. Su piel era blanca como la suave porcelana. Amaba a Jennifer, su noviazgo era aún prematuro, pero muy fuerte. Ambos se amaban entre sí, con locura.
Media hora después, ella bajo con un suave maquillaje decorando su dulce rostro. Su cabello atado en un perfecto rodete. Vestía una chaqueta de cuero negra. La cual era entallada, perfecta para su delgado cuerpo. Unos jeans negros, acompañados de unas botas de la misma tonalidad de alto taco.
Él, deleitado, extendió su mano.
- ¿Me veo bien así? – dijo ella con timidez
- Te ves perfecta – la besó suavemente
Ella sonrió, y prosiguió con dicho contacto. Se separó suavemente.
- ¿A dónde quieres ir? – dijo él
- Sorpréndeme
El rió y bajo su mirada. Salieron del lugar, subieron al coche de Max, recorrieron algunas 12 cuadras, hasta llegar a un elegante restaurante.
Ella era una muchacha simple, alta, refinada, delicada y tímida. Tez pálida, cabello enrulado, negro oscuro como el cielo en las brillantes noches de Dublín.
Sus ojos color miel, delicadamente revestidos en una suave sombra color beige. Sus labios, medianamente gruesos, se disfrazaban de un rojo rubí, perfecta combinación con su pálida piel. En sus mejillas, un dócil rubor.
Al llegar. El bajó del coche, se dirigió a la puerta de la muchacha y abrió la puerta con elegancia, extendió su mano. Por otro lado, ella al sentir la fresca brisa, abrochó su chaqueta aún más. Tomó la mano del joven y bajó del coche.
Entraron silenciosamente, una suave melodía hacía el lugar armonioso y elegante.
Mientras la música sonaba, ella con discreción meneaba suavemente su cadera, Max notó aquello. Le quitó su chaqueta, y la dejó en el respaldo de la silla, donde se sentarían segundos después.
La tomó de la cintura suavemente, la pegó hacia el, juntos, emprendieron una movida, acorde a la melodía que resonaba en el lugar.
Aquella armonía vivía entre ellos, aquella conexión era única, aquello movimientos, acordes y excelentes, aquel amor era puro, aquel baile… innovador.
Segundos después, al terminar la música, unieron sus frentes, hasta unir sus labios en un beso. Ambos sonrieron luego…
Se ubicaron en su respectiva mesa. Ambos tomados de las manos, un muchacho de tez oscura y cabello rizado se acercó a la mesa.
- Buenas noches ¿Qué van a pedir? – preguntó aquel mozo
- ¿Puedes darnos la carta? – murmuró ella
- Claro, aquí tienen – dijo el mozo ofreciendo dos libretas forradas en cuero color negro.
- ¿Qué pedimos amor? – preguntó él
- Yo quiero spaghetti a la boloñesa – sonrió
- Pido lo mismo – el devolvió la sonrisa - ¿De postre?
- Una rebanada de tiramisú estaría bien – musitó
- De acuerdo, pero pediré copa helada
Al llamar al mozo, él tomo las ordenes. Pocos segundos después al llegar sus órdenes y terminar de cenar, se dirigieron a casa, Max dejó a Jen en su vivienda, una vez estacionados allí, se despidieron.
- Bien, gracias por la noche amor – sonrió
- De nada preciosa – se acercó a ella
Ella detenidamente besó sus labios, lentamente, sin prisa y sin problemas. Sonrió calidamente mientras sus labios decidían alejarse con docilidad.
- Te amo – dijo él en su oído
- Te amo más – murmuró ella

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